Los noruegos son la sorpresa del Mundial. No una extraña, inesperada, sino una agradable, medio predecible. La selección liderada por Stale Solbakken ha impactado al planeta por su autenticidad: son tan ellos que, en este mundo globalizado, genérico, han llamado la atención por su modo particular de ser y hacer las cosas.

El “remo vikingo”, con el que han celebrado cada victoria en Norteamérica 2026, se volvió tendencia global. Suenan dos golpes: “Pum, pum”. Ya no solo tambores en los estadios de Canadá o Estados Unidos. Ahora el sonido sale del golpecito a muebles, mesas, palmas en casi todos los países del mundo.

Después, a los pocos segundos, sale de la boca un “ruh” fuerte, estremecedor, que va acompañado de un desplazamiento de los brazos hacia atrás, sacando el pecho hacia adelante que, cuando una persona está sentada, da la sensación de estar halando un elemento de madera.

El gesto ya no es solo noruego. Ahora es universal. Al inicio de la Copa del Mundo lo hacían los aficionados en las tribunas y en las calles de ciudades como Boston, Nueva York, emulando el festejo que crearon en un partido de clasificatorias y que recuerda sus raíces vikingas.

Ahora, cuando Noruega juega por primera vez los cuartos de final de un Mundial, también se hace en gimnasios de Medellín por gente que intenta esculpir su cuerpo, del mismo modo que lo emulan niños en las calles de Kampala, capital de Uganda.

Todo eso se despertó, en gran medida, gracias a la figura de Erling Braut Haaland. En el mundo se grita “ruh”, que no significa nada en noruego; mientras que los futbolistas de la Selección, amparados por los siete tantos que ha marcado “El Androide” en el Mundial, corean al unísono, con la complicidad de sus hinchas la palabra “Ro”, que se traduce como “rema”.

Erling, un hombre de 25 años –el 21 de julio cumplirá 26–, es la encarnación de la cultura de su país. Los cinco millones y medio de personas que viven en Noruega se ven representadas en aquel muchacho con cara de inocencia, que parece andar todo el tiempo desconectado del mundo, del fútbol, pero que en realidad es un “guerrero” que marcará una época.

Cuando terminó el juego contra Brasil, en el que marcó dos goles, el gigantón de 1,90 metros, rubio, imponente como en el imaginario han vendido a los vikingos, se puso un yelmo de Gjermundbu, el casco con cuernos que solían utilizar esos guerreros y después tocó el tambor que le ha mostrado sus raíces al planeta.

En este Mundial, Haaland ha hecho cientos de gestos que demuestran lo noruego que es. Uno de los más grandes, quizás, suele verse, pero pasa desapercibido, o no se entiende: en la camiseta, contrario a lo que ocurre en clubes, lleva primero escrito Braut, apellido de su madre.

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