A las seis de la tarde, un planchón cruza el río San Juan, norte del Urabá antioqueño, con una solemnidad involuntaria: desde alguna emisora tropical suena el himno nacional al paso de la embarcación. En las riberas, los camioneros pelean contra el fango para posicionarse de primeros. Los motores rugen, los encargados gritan, los cables de acero rechinan, el olor a gasolina y a aceite de motor se alborota, y los insectos asedian entre el calor húmedo a los cientos de personas que a esa hora esperan cerca del caudaloso río su oportunidad de cruzar. Es la hora pico en el San Juan y el caos tiene su coreografía.

Llegar hasta aquí ya es un logro. Los conductores que atraviesan el Urabá en dirección al norte del país deben sortear primero una trocha maldita que el Invías tiene el descaro de decirle vía Necoclí–San Juan. Una carretera con huecos tan grandes como camiones de carga antes de enfrentar este último desafío: cruzar el río en planchón, desde febrero, cuando la ola invernal dejó inutilizable el puente esencial del municipio.

Lo que para las instituciones ha sido un trámite pendiente, para esta comunidad se convirtió en otra prueba de una habilidad y resiliencia que lleva años perfeccionando: arreglárselas por su cuenta a raíz de la desidia institucional.

La espera para abordar el planchón puede llegar a ser larga, hasta dos horas en promedio, que se suma a la casi hora y media que toma atravesar con pericia esa pista de rally que es la carretera entre Necoclí y San Juan, de apenas 24 kilómetros.

En la fila “chupan” todos: ricos y pobres, blancos, negros, mestizos e indígenas. El de la camioneta de lujo hasta el del humilde campero. Reses en camiones y hasta los difuntos transportados en un coche fúnebre quedan atrapados en el trancón. Siquiera estos últimos ya no cargan afán.

A la par que la fila avanza, en los corrillos de conductores y sanjuaneros se da un animado debate: quien arreglaría más rápido el puente, ¿los chinos o los japoneses?

Mientras tanto, sobre el herido puente se vive otra dinámica, un grupo de jóvenes muy bien organizado se encarga del cobro por el cruce peatonal improvisado.

Ómar, uno de ellos, comenta que los peatones pagan $1.000 pesos y las motos $6.000 por ida y vuelta. A una señal, otro joven de ojos claros y voz ronca de tanto gritar —llamado El Popular 15— hace una señal levantando una paleta de pare y siga, y detrás de él avanzan peatones y motos de un extremo a otro. Durante el cruce él es la única autoridad que indica quien lleva la vía.

Pese al frenetismo de la operación todo fluye con un orden inexplicable. O tal vez sí, solo en la organización propia de los sanjuaneros.

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